Del amor libre al capitalismo amoroso

Cuando los y las anarquistas comenzaron a pensar y poner en práctica el amor libre las normas que regían las relaciones (heterosexuales, pues las demás no eran socialmente admitidas), eran claras y estaban dictadas por la Iglesia católica y el Estado. Para las mujeres eran terribles, ya que en ese juego del amor, hoy considerado banal, les iba literalmente la vida entera: eran las depositarias del honor familiar, de forma que un desliz y un embarazo podían llevarlas a ser rechazadas por la comunidad de las ‘decentes’ para pasar a engrosar el caudal de las “mujeres de mala vida” que poblaban los burdeles y los “sifilicomios”, hospitales para enfermas de sífilis, una enfermedad que causaba pavor y de la que se culpaba (qué raro) tan solo a ellas. El matrimonio era en ocasiones la única opción para sobrevivir, ya que los trabajos disponibles para mujeres eran más precarios, más inaccesibles y estaban peor pagados. La opción de la soltería se consideraba un fracaso femenino, una vergüenza familiar, que se resumía en el despectivo adjetivo de la “solterona” (frente al ‘soltero de oro’) que se quedaba para “vestir santos”. Casi cualquier actividad intelectual o creativa estaba vedada o limitada o era ridiculizada si la hacían mujeres.

El problema de la anticoncepción, que ahora nos parece algo más o menos secundario, era central para las mujeres, que sufrían embarazo tras embarazo, o abortos en condiciones infrahumanas. El abandono de bebés era tan frecuente que hay historiadores que han llamado a ese largo siglo en el que entramos en la industrialización (desde finales del XVIII a principios del XX) el largo siglo de los expósitos.

Para los y las anarquistas, lo primero era romper la cadena de la Iglesia y del Estado. Había que vivir el amor de forma genuina, sin hipocresía, desligando el sexo de la culpa y del pecado, a través de las ‘uniones libres’, basadas en el pacto entre iguales. El amor libre no era, como se entendió después, un llamamiento al consumo indiscriminado de cuerpos o parejas sexuales: se entendía que se generaba entre compañeros que libremente querían unirse para desarrollar sus vidas en común, con libertad para romper el vínculo si éste se hacía indeseado, pero siempre partiendo de la responsabilidad mutua. En la práctica, suponemos, hubo de todo, ya que romper con una moral milenaria en la que siempre salían perdiendo las mismas no es fácil. Como tampoco es fácil el que los militantes y las organizaciones del movimiento libertario se vayan liberando de esa moral patriarcal tan fuertemente interiorizada en la psique colectiva.

Esto no solo afectó al feminismo, sino a la lucha por el reconocimiento de las identidades no CIS y no heterosexuales1. Desde luego que el concepto de amor libre implica respeto por ellas, y así se defendió por figuras importantes del anarquismo como Emma Goldman, o Lucía Sánchez Saornil. Pero la realidad es que estas personas fueron una minoría de adelantados a su tiempo. La concepción dominante entre los anarquistas las consideró como patologías o perversiones sexuales (exponente clave fue el doctor Félix Martí Ibáñez, director del SIAS, Departamento de Sanidad y Asistencia Social del gobierno catalán durante el periodo revolucionario de la Guerra Civil). Y esto fue así no solamente porque los teóricos del movimiento se acogían a un conocimiento científico que entonces era escaso, sino que este venía moldeado y ellos mismos venían condicionados, por una moral androcéntrica.

Más allá de los límites del contexto histórico científico, pesaban en esta visión los prejuicios de los propios anarquistas que la rechazaron como desviación, todos heterosexuales, que veían su opción sexual, mayoritaria, como normal y natural, y el resto como antinatural y patológica por el hecho de ser minoritaria y no cumplir con la norma patriarcal. Es el mismo prejuicio que había hacia la mujer que pedía igualdad con el hombre, se la consideraba antinatural, masculinizada (Gregorio Marañón era el médico que más se quejaba de que la mujer actual se estaba virilizando, al tiempo que también era un médico que defendía el origen patológico o desviado de las identidades no hetero). Esa jerarquía estaba interiorizada psicológicamente, lo que explica que las ideas feministas fueran recibidas con resistencias por parte de militantes y organizaciones del movimiento libertario (en España ese negarle a Mujeres Libres ser la cuarta rama del movimiento vino de ahí). En consecuencia, si bien según el humanismo anarquista y el concepto de amor libre, el límite a las relaciones sexuales es el respeto mutuo, el derecho humano, y la integridad sexoafectiva, el dictamen sobre comunismo libertario del Congreso de Zaragoza de la CNT, en punto a amor libre, era mucho más restrictivo en lo concerniente a la diversidad sexual. Ese “sin más limitación que la voluntad del hombre y de la mujer, y salvando a la colectividad de las aberraciones humanas”, deja muy claro que se partía de una heteronormatividad inaceptable, y de un concepto eugenésico a explicar y actualizar. Porque, ¿qué son las aberraciones humanas, y de qué manera las vamos a prevenir?, ¿la prevención incluye abortos, esterilizaciones o cambios genéticos sea por la fuerza o la persuasión? Dado que para la mayoría de anarquistas españoles de los años treinta la homosexualidad era una patología, que además implícitamente entendían que podía poner en peligro la reproducción de la especie, por lo que se esforzaron en fomentar la heterosexualidad desde sus publicaciones, la esterilización o el aborto -aunque no forzados- se hubieran podido llegar a considerar en aquel entonces como medidas de eugenesia.

La aceptación dentro de nuestra noción de amor libre, de lo que hoy se conoce como colectivos LGTBI, se fue asumiendo sobre todo a medida que estos colectivos avanzaban en esa lucha, y miembros de estos colectivos iban integrándose y fusionando reivindicaciones con el movimiento libertario, y está todavía en proceso de conseguirse totalmente.

Pero otras barreras al amor libre se han ido fortaleciendo en la actualidad. En los años 20 del siglo pasado ocurrieron dos fenómenos que trastocaron para siempre las relaciones entre hombres y mujeres: el surgimiento de la sociedad de consumo de masas y la popularización de la cultura audiovisual a través del cine, lo que llevó al nacimiento de la publicidad tal como la conocemos. El capitalismo desarrolló una enorme máquina de crear y vender sueños, que aún funciona a toda potencia y que nos moldea en lo más íntimo.

Fue tras varias décadas de esta cultura audiovisual y consumista cuando surgió la Revolución sexual, de la mano también de la segunda ola del feminismo. El viejo sueño de los anarquistas parecía que por fin había llegado. Hombres y mujeres podían relacionarse en libertad, explorarse mutuamente, vincularse sin contratos. La píldora anticonceptiva permitía por fin el sexo heterosexual sin miedo. Muchos creyeron que con la libertad sexual y la igualdad entre hombres y mujeres la prostitución dejaría de existir, y que se abría una nueva era de amor sin sombras ni deberes. El hedonismo de ‘la era de Acuario’ y el movimiento hippie dejaron una resacón terrible que aún nos dura: una epidemia de heroína y SIDA que marcó toda la década siguiente y dejó herida y desmovilizada a una generación entera. Las reglas de la libertad, como bien saben los obreros y obreras, cuando no hay igualdad se vuelven contra el que tiene la posición más vulnerable, de forma que esa libertad sexual fue pronto aprovechada para crear una cultura porno que ha ido cayendo como la lluvia sobre todos nosotros y nosotras, en forma de porno soft que invade nuestro espacio simbólico desde la cuna, a través de la publicidad, el cine y la industria musical, y de porno duro que educa en el sadismo y la sumisión a los hombres y mujeres del mañana desde que son capaces de usar por sí mismos un teléfono móvil. La libertad es, una vez más, la del liberalismo, el zorro libre en el gallinero libre, de manera que nos anuncian, con desparpajo, que ya somos libres para elegir y consentir en nuestra propia esclavitud: conejitas de PlayBoy libres, presentadoras de las campanadas semidesnudas en medio de la noche helada libres, africanas en tanga en las rotondas de los polígonos industriales también libres, y ucranianas que venden a sus hijos recién paridos, muy libres.

Esta ética comercial, que ahora nos parece tan normal como el oxígeno, es una contaminación cultural que lo impregna todo como una baba, y que dejaría estupefactas a nuestras teóricas. Nadie esperaba que al derribar la vieja e hipócrita moral católica y puritana la institución del burdel quedara intacta. No sólo ha salido intacta, es la inspiradora de un nuevo modelo de relaciones que, facilitadas a través de redes sociales como Tinder, ha convertido el espacio de socialización entre hombres y mujeres en un mercado. Elegimos el producto que más nos gusta, lo probamos, lo desechamos. Nos convertimos en vendedores de nosotros mismos, managers que presentan al producto con el mejor envoltorio posible, y en esta transacción unos, mayoritariamente hombres, huyen del compromiso como de la peste, y otras (mayoritariamente mujeres) ocultan como si fuera algo vergonzante su necesidad de amor. El amor, en este contexto, se está convirtiendo en una suerte de gimnasia narcisista para el ego, que no reconoce la humanidad plena de la persona con la que nos relacionamos, que es consumida como una cosa más, una emoción más, una experiencia más, un viaje turístico a otro cuerpo.

Ante este capitalismo amoroso, nos toca desmercantilizar las relaciones humanas. En un mundo precario que nos quiere insignificantes y frágiles, crear y cuidar vínculos fuertes es un acto revolucionario.

Laquesis

 

Notas

1 Richard Cleminson. Anarquismo y sexualidad (España, 1900-1939). Cádiz: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz; 2008. Aquí se analiza el tratamiento de la homosexualidad en cuatro publicaciones, Revista Blanca, Estudios, Generación Consciente e Iniciales.

Analizando las referencias queer

El avance y la sofisticación del Capitalismo de las últimas décadas ayudado por la falta de arraigo y continuidad de la Cultura Obrera, debido mayoritariamente a brechas generacionales provocadas intencionadamente (Guerra Civil, II Guerra Mundial…) y con la mano ejecutiva de las Academias han provocado un campo de cultivo perfecto para el nacimiento de “luchas” que pretenden sustituir aquellas que van a la raíz del sistema inhumano, caótico y psicopático del Capitalismo. Estas Academias, son las élites intelectuales a cargo de las instituciones de conocimiento y comprometidas con la reproducción ideológica del sistema social. Ellas soterran la poca Cultura Obrera que aún nos queda, inculcando y promoviendo filosofías postmodernas de las que solo puede salir beneficiado el sistema actual.

Cuando éstas últimas llegan a nosotras, debemos hacer un ejercicio de análisis y crítica (como debería ser lo habitual) y preguntarnos: ¿de dónde vienen estas ideas y quiénes las promueven?, ¿qué conlleva la asunción de sus principios?

Las ideas postmodernas llevan décadas dañando al movimiento libertario. Veamos un ejemplo:

“Como hemos visto previamente, el modelo queer es una radicalización y puesta al día del movimiento feminista y de liberación homosexual, a los cuales de cierto modo sigue perteneciendo. Si uno propugnaba la emancipación de la mujer biológica del sistema patriarcal y masculinista y el otro la libertad de elección sexual, el modelo queer va mucho más allá. Ambos movimientos partían de cánones maniqueos y binarios en los cuales sólo existen dos matices para entender el mundo, y ninguno más: blanco-negro, rico-pobre, patrón-obrero, hombre-mujer, homosexual- heterosexual…”1.

¿Cuál ha sido uno de los métodos más efectivos de las últimas décadas, para acabar en cierta medida con la lucha obrera? La respuesta es sencilla; apuntar a la identidad de la obrera y del obrero. Sin identidad, la fuerza que pudiese tener el movimiento obrero se pierde, al no sentirse identificados.

De igual modo (a pesar de sus diferencias características del tema) se actúa hoy con la lucha antipatriarcal y por la liberación de la mujer. Se intenta utilizar a las personas que se salen de lo que llaman normativo, para romper de nuevo con otra identidad; la identidad de la mujer. ¿Por qué hay tanto interés en romper con el concepto de la mujer? ¿Existe algún interés en romper con una identidad que puede ser combativa? ¿Qué lucha nos queda a las mujeres obreras si nos rompen la identidad de clase y la de sexo? ¿Cómo vamos a poder identificar nuestras opresiones sin ellas? ¿Y combatirlas?

Nuestra labor, al igual que anteriormente hicieron nuestras compañeras libertarias es, sin duda alguna, recuperar, mantener y desarrollar esa Cultura Obrera y no dejarnos encandilar por ideas propiciadas y alentadas desde la Academia (también se abanderan hoy desde la calle, pero con las mismas bases). Cultivar desde de la Academia y más cuando se habla de política no institucional, es ver a la cultura como un objeto de mercancía que debe estar en manos de profesionales.

Esa Cultura Obrera nacía de entre todos y todas las trabajadoras y trabajadores, la iban creando gracias a ser conscientes de su posición social, y a su identidad común. Así, buscaban soluciones para un mundo mejor en el que no existiesen oprimidos ni opresores. En esta cultura se promovía el naturalismo como se puede observar con la revista Helios, la cultura literaria como en La Revista Blanca, la lucha de la mujer a través de Mujeres Libres…

Nosotras no podemos otra que intentar recuperar esa identidad, desde nuestra cultura. Como decía en su primer número Mujeres Libres: “Por esto nace Mujeres Libres; quiere, en este aire cargado de perplejidades, hacer oír una voz sincera, firme y desinteresada: la de la mujer; pero una voz propia, la suya, la que nace de su naturaleza íntima; la no sugerida ni aprendida en los coros teorizantes; para ello tratará de evitar que la mujer sometida ayer a la tiranía de la religión caiga, al abrir los ojos a vida plena, bajo otra tiranía, no menos refinada y aún más brutal, que ya la cerca y la codicia para instrumento de sus ambiciones: la política.”

Sin más rodeos, ya que ya hemos profundizado sobre lo que es el movimiento Queer anteriormente, pasemos a analizar sus textos, como así harían nuestras compañeras.

Empezamos analizando “El género en disputa” de Judith Butler, obra considerada una de las fundadoras de la Teoría Queer. En ella critica varias ideas del feminismo y sienta las bases de lo que será la conocida Teoría Queer.

Butler empieza poniendo en entredicho que el sujeto político del feminismo deba ser la propia mujer, ya que cuestiona en sí la identidad común de las mujeres. Así, dice: “Hay numerosas obras que cuestionan la viabilidad del “sujeto” como el candidato principal de la representación o, incluso, de la liberación, pero además hay muy poco acuerdo acerca de qué es, o debería ser, la categoría de las mujeres.”2.

Y llega a entender la propia identidad común de las mujeres como un problema: “Está el problema político con el que se enfrenta el feminismo en la presunción de que el término “mujeres” indica una identidad común”3. De igual manera se pregunta: “¿Comparten las “mujeres” algún elemento que sea anterior a su opresión, o bien las mujeres comparten un vínculo únicamente como resultado de su opresión?”4.

Esto entra en confrontación no solo con el feminismo como tal, sino con la misma lucha por la liberación de la mujer y antipatriarcal de las compañeras libertarias, ya que elimina de un plumazo la propia identidad de la mujer, y por supuesto la lucha por su liberación, y niega la realidad material de la opresión, discriminación y subordinación que sufre.

Como libertarias entendemos que la opresión a la mujer proviene de una realidad material; el propio cuerpo femenino, con su capacidad para parir, y la necesidad de este para la criatura en la primera etapa de la infancia. Esto es contrario a los intereses del Patriarcado, del Capital y de todo autoritarismo, ya que éstos luchan por dominar la propia naturaleza. Y preguntamos: ¿No es esta realidad material la que influyó de alguna manera en la diferenciación del trabajo?, ¿no influyó esto a los roles en la sociedad en la que vivían?, ¿no es esa biología en la que se ha basado por siglos el hombre patriarcal para subordinar a la mujer?, ¿no es acaso algo material en lo que se han basado las posteriores opresiones, subordinaciones y discriminaciones?

Eso no quiere decir, que todas las mujeres deban poder parir, ni que deban cumplir esto para ser discriminadas, pero la subordinación de la mujer ante el hombre patriarcal en el primer momento fue y sigue siendo por algo material: el cuerpo femenino y su naturaleza. La discriminación y opresión se produce después a todo lo relacionado con ella (la identidad como mujer, los estereotipos femeninos…).

No podemos tampoco pasar por alto un extracto en otra parte del texto en el que Butler solo deja entrecomillado cuando se refiere a lo “específicamente femenino” y a “las mujeres”. ¿Por qué Butler, una persona a la que le importa tanto la lengua, pone entre comillas cuando se refiere a lo femenino y a las mujeres y no a lo masculino? ¿Somos acaso “lo otro”? ¿Existimos solo en cuanto a que nos distinguimos del hombre y de lo masculino?

“¿Hay una región de lo “específicamente femenino”, que se distinga de lo masculino como tal y se acepte en su diferencia por una universalidad de lo masculino como tal y se acepte en su diferencia por una universalidad de las “mujeres” no marcada y, por consiguiente, supuesta?”5.

Butler, no solo pasa por alto un origen material de la opresión hacia la mujer, y niega a la mujer como identidad común y con ello directamente a la mujer, sino que también cuestiona la idea misma del patriarcado universal: “La idea de un patriarcado universal ha recibido numerosas críticas en años recientes porque no tiene en cuenta el funcionamiento de la opresión de género en los contextos culturales concretos en los que se produce”… “La afirmación de un patriarcado universal ha perdido credibilidad, la noción de un concepto generalmente compartido de las “mujeres”, la conclusión de aquel marco, ha sido mucho más difícil de derribar”6 (pág 46).

Entendemos, que una cosa es tener en cuenta los contextos culturales concretos de cada entorno y sociedad, y otra es negar la existencia de que en la gran mayoría de las sociedades exista una sociedad de carácter patriarcal. ¿No se ha puesto en contexto por parte de historiadoras como Gerda Lerner el patriarcado en las sociedades antiguas como Mesopotamia? ¿No se pone en contexto por parte de antropólogas el patriarcado según las características de la sociedad, seguro?

Pero, volvamos al tema estrella de su estudio; el género. Si el feminismo por la igualdad, que surge con las teóricas de los años 60 del siglo pasado, pretendía y sigue pretendiendo la eliminación del género, al entender éste como la herramienta cultural opresora por parte del Patriarcado hacia la mujer. Butler entiende que la herramienta opresora es el género y sexo binarios, entendiendo que no existe el sexo como tal, puesto que es realmente género, y por tanto, un constructo social a eliminar.

“Si se refuta el carácter invariable del sexo, quizás esta construcción denominada “sexo” esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal.”7.

Así pues, entiende más bien al cuerpo como si fuese una “tabla rasa”: “El “cuerpo” se manifiesta como un medio pasivo sobre el cual se circunscriben los significados culturales o como el instrumento mediante el cual una voluntad apropiadora e interpretativa establece un significado cultural para sí misma. En ambos casos, el cuerpo es un mero instrumento o medio con el cual se relaciona sólo externamente un conjunto de significados culturales. Pero “el cuerpo” es en sí una construcción, como lo son los múltiples “cuerpos” que conforman el campo de los sujetos con género. No puede afirmarse que los cuerpos posean una existencia significable antes de la marca de su género; entonces, ¿en qué medida comienza a existir el cuerpo en y mediante la(s) marca(s) del género?8.

En cuanto al tema de la “tabla rasa”, es bastante cuestionable, como ya hemos tratado anteriormente. Por lo que no vamos a dedicarle más tiempo, debido a falta de espacio.

Y llegamos a la idea principal por la que se conoce el libro: “el género resulta ser performativo”9. Cuando Butler habla de que el género (y el sexo) es performativo habla de que nadie tiene un género dado por la naturaleza, sino que éste se produce con la repetición cotidiana de las normas de género que nos dicen qué es ser hombre y qué mujer (acto). Esto no tiene sentido alguno, si entendemos que muchas de las opresiones a las mujeres tienen raíz no en los actos de ella misma, sino que se mutila, oprime y se saca beneficio capital de su cuerpo, como podemos observar con prácticas como la mutilación genital femenina que afecta según la OMS, a alrededor de unas 100 y 140 millones de niñas y mujeres de todo el mundo. U otras prácticas como los vientres de alquiler (un negocio con el que se explota a mujeres pobres por su capacidad de parir), o la violencia obstétrica.

El Patriarcado controla nuestros cuerpos por sus propias características, de distintas formas ya sea mutilando, sacando beneficio económico de ellos, ocultando por siglos conocimientos fisiológicos de la mujer para controlar su sexualidad, así como un largo etcétera.

No decimos que no se haya usado al género para oprimir, subordinar y discriminar, sino que negar que existe un componente material detrás es erróneo. Ni se puede negar lo cultural ni lo biológico. De igual manera que no se puede decir que el papel de cuidadora de la mujer hacia las criaturas es solo cultural o solo biológico, existen ambos factores.

La Teoría Queer llega con fuerza también desde la calle, pero con los mismos objetivos y las mismas bases; trangredir y romper con la normatividad sexual existente. “Queer es todo lo que se salga de la heteronormatividad. Desde el sexo anal hasta el sadomasoquismo, pasando por la prostitución, la promiscuidad o el bukake”10. Esto que indican desde un fanzine que se denomina anarquista, es recurrente tanto en los textos académicos como en los que no. La importancia a las prácticas sexuales (entendidas en la línea de lo patriarcal) parecen tener para ellos un carácter revolucionario.

Pero, ¿por qué solo se centran en las prácticas sexuales bajo una visión reduccionista de la sexualidad?¿Por qué todo gira en torno al sexo y sexo coitocéntrico, y no en los afectos y las relaciones?¿Por qué no hablan ni por un segundo de amor libre, de respeto y libertad en las relaciones?¿No tenemos acaso textos anárquicos escritos de hace un siglo por Compañeras que rompían con las prácticas amorosas patriarcales?¿Por qué no critican cómo se aprovecha el

Capitalismo de las falsas liberaciones sexuales enriqueciéndose por ello?¿Qué de lo aquí presente rompe con el Capitalismo?¿Acaso no han practicado bukakes, promiscuidad, sadomasoquismo muchos burgueses y han pagado por ello?¿Qué práctica revolucionaria es ésa?¿Era Alfonso XIII un revolucionario por promover e introducir el porno en España? Crítica parecida realiza Nxu Zänä en Contra la teoría Queer (desde una perspectiva indígena).

De igual manera que Butler, cosa que ellxs mismxs reconocen: “Ésta es la parte más conocida hasta la saciedad del modelo queer, por coincidir también a grandes rasgos con los trabajos surgidos del academicismo universitario, pero no es en absoluto todo.”

Se crítica el dualismo sexual patriarcal, pero al criticar ese dualismo, se intenta también romper con la propia identidad de sujetos de lucha, que son esenciales.

“Así pues, en el tema de la sexualidad, además de suponer a nivel militante una reactivación y aumento cualitativo con la incorporación de las premisas dichas, también se llega a la conclusión, partiendo de un cuestionamiento de los roles de género, de que los binomios hombre-mujer en cuanto al género, masculinofemenino en cuanto al sexo y homosexual-heterosexual en cuanto a la sexualidad son inválidos y no obedecen más que a una construcción social y política.”11.

Y como expresa esta mujer indígena:

“Así pues, la generación de la teoría queer contribuye a la generación de un saber que forma parte de los juegos de poder del sistema en el rompimiento de las comunidades e identidades. En contra de las mujeres, las y los indígenas del mundo, las y los obreros, las y los campesinos, las lesbianas, los homosexuales, las feministas, los sindicatos, en fin la teoría queer se convierte en el arma ideológica neoliberal perfecta basada en la individualidad y el placer promoviendo además una forma mercantilizada de la sexualidad que resulta opresiva, nuevamente, para la mujer, las y los niños, las y los adolescentes, facilitando el camino para una nueva opresión y explotación de los sexos y géneros. Y de paso servir como forma de desarticulación, desprecio y estigmatización de los movimientos de todo tipo, en especial contra nosotros: las y los indígenas.”12.

Como obreras y mujeres, no podemos dejar de identificarnos con esas identidades, pues de lo contrario aniquilaríamos nuestra lucha. Y no nos queda otra, que seguir trabajando desde nuestra propia cultura libertaria y obrera enfrentada a los citados “juegos del poder del sistema”.

Cloto 

Notas:

1 Fanzine Queer explicado para anarquistas, pág 28

2 Pág 43, El género en disputa, Judith Butler.

3 Pág 45, ídem.

4 Pág 47, ídem

5 Pág 47, ídem.

6 Pág 46, ídem

7 Pág 51, ídem.

8 Pág 53, ídem.

9 Pág 76, ídem.

10 Revista Anarqueer n1, pág 9.

11 Revista Queer explicado para anarquistas, pág 29.

12 Contra la teoría Queer (desde una perspectiva indígena), Nxu Zänä.

 

Presentación tercer número de La Madeja

En el presente número, sin más tardar, hemos querido abordar la cuestión del amor libre como concepto fundamental del anarcofeminismo sin el cual no podríamos avanzar en la crítica de otros problemas de la teoría y la práctica anarquista y feminista, como es nuestro propósito para los siguientes números.

Los tres artículos de que consta, dejan bien patente cómo lejos de tratarse de un ideal pretérito y ya realizado en la sociedad actual, sigue siendo un objetivo inalcanzado en pleno siglo XXI. Salta a la vista que es así, cuando ni el derecho a la vida y a la integridad física y moral de las mujeres se respeta, ni siquiera en las llamadas “democracias”, donde en lugar de haber visto la violencia de género disminuída, la estamos viendo exacerbada por el avance implacable de la cultura capitalista. Es hora de clarificar nuestro pensamiento para reforzar posiciones y dar la batalla desde un feminismo anarquista, o lo que es lo mismo, no asimilado por el feminismo mediatizado por el estado, por los partidos políticos, o por grupos de presión empresarial infiltrados bajo capa feminista. Este número trata de proporcionar claves para comprender y contestar la opresión interna, que es la primera que la mujer tiene que combatir, en diálogo con sus hermanas, para dar respuesta organizada a la ofensiva capitalista patriarcal que hoy sufre.

En cuanto al proceso de construcción interna del mensaje del número, el grupo Moiras no ha tenido que trabajar un consenso en este tema puesto que partíamos de un valor superior del anarquismo aplicado al mismo contexto histórico social. Espontáneamente los textos han venido a reflejar distintos aspectos del mismo problema, estamos seguras, que por todas las mujeres sentido: esa fusión de patriarcado y capitalismo que no nos deja vivir en paz, también nos obstruye el camino para ser libres de elegir y construir nuestras relaciones amorosas en igualdad.

Agradecemos a los lectores la buena acogida de la publicación, de la que sabemos que se está haciendo incluso traducción al inglés, y nos mantenemos atentas a las sugerencias que nos van llegando, si bien recordando nuestros límites, al ser este un trabajo voluntario y difícil de llevar adelante entre pocas personas con escasos medios, sobre todo técnicos. Aún así, a la edición digital, vamos a unir la versión en papel, poniéndola a disposición de quien quiera imprimirla a partir del archivo PDF preparado al efecto y colocado en una sección especial de nuestra web.

Esperamos que este número sea tan bien recibido como los anteriores y que ante todo sea útil a quienes lo lean.

Moiras

La lucha por la identidad, una cuestión de esencia.

Ante las divisiones que se han ido gestando desde el seno del feminismo de cátedra y estado, y que hoy dividen la lucha en la calle, les anarquistas nos hallamos de nuevo en medio de una guerra que no hemos provocado, y en la cual no podemos intervenir haciendo frente con ninguno de los contendientes, que parten de unas dicotomías en las que no creemos y van hacia unos objetivos con los que no coincidimos.

En febrero del pasado año 2020, el Partido Feminista de España, de ideología marxista y presidido desde su fundación por Lidia Falcó, fue expulsado de Izquierda Unida, uno de los partidos de coalición de izquierda que hoy nos gobiernan. Esto tuvo lugar a raíz de declaraciones públicas de carácter tránsfobo por parte de la líder de ese partido. Igualmente tuvo causa directa en la oposición de los miembros del Partido Feminista a los proyectos de ley integral LGTBI y proyecto de ley Trans, que eran acuerdos programáticos de IU. ¿Qué ha pasado para que un partido que en el año 75
luchaba contra la Ley de Peligrosidad Social franquista que encarcelaba a homosexuales y transexuales, que en el 86 defendía el matrimonio igualitario, y en 2015 reclamaba que las operaciones de sexo para transexuales fueran parte del servicio sanitario público, haya virado a posiciones tránsfobas?

Indudablemente, han sido los prejuicios la principal causa. Pero al margen de ellos, hay algo que seguro ha tenido que ver en esa reacción. Venta de gametos, alquiler de vientres, defensa de la prostitución, pederastia … ideas, prácticas, estrategias e instituciones en alza con el capitalismo neoliberal, que el queer, como vertiente de género de la filosofía postmoderna, está promoviendo, y que cada vez que son criticadas, se refugian bajo el paraguas del movimiento LGTBI. Y esto es así
porque parte del LGTBI ha aceptado esa fusión entre el movimiento de liberación que estalló en el año 69 en Stonewall, y el postmodernismo de género, una elaboración académica cuyo éxito radica en desviar la potencia subversiva de ese movimiento hacia cauces no peligrosos para el sistema. Así, encontramos a personas y colectivos del LGTBI dejándose la piel por defender negocios capitalistas y patriarcales: sin ir más lejos en el proyecto de ley LGTBI que rechazaron desde el Partido Feminista, en el apartado IV de la Exposición de Motivos, han colado el término “trabajo sexual”.
Por supuesto, no hace falta ser tránsfobo para no transigir con la negación de un objetivo histórico del feminismo como es la abolición de la prostitución, ni hace falta ser tránsfobo para aceptar prácticas de abuso, de sumisión y de explotación como las que el queer nos vende como liberación: léase en la página 33 de Queer explicado para anarquistas, de la editorial Peligrosidad Social, “prostitución, sadomasoquismo, pedofilia, incesto, zoofilia…”, y la lista, nos dicen, puede ser infinita. Afortunadamente, no todo el colectivo LGTBI está con el queer, como tampoco todas las feministas son tránsfobas, sino que en su mayoría asumen la lucha por la diversidad de identidades
sexuales, sin identificarse por ello con el queer.

Sin embargo, la virulencia con que han chocado las propuestas derivadas del queer y las derivadas del feminismo radical, tanto en las redes como en la calle, y esa identificación de trans con queer, no solo ha contribuido a provocar una reacción tránsfoba en un sector del feminismo, sino también la desorientación de muchas feministas que van a quedar enzarzadas en una batalla inútil por maniquea. Porque la cuestión de fondo sigue siendo qué papel desempeña la esencia biológica en la
búsqueda de identidad del ser humano, en este caso, de identidad sexual, búsqueda para la que estas escuelas teóricas solo ofrecen antagonismos ficticios.

Si bien el feminismo radical critica al queer la eliminación de las identidades sexuales binarias, y por tanto negación de la identidad mujer y vaciado de contenido de la lucha feminista, su crítica del estereotipo de género como algo negativo en sí mismo y asociado necesariamente al prejuicio, y su reducción de la sexualidad biológica a genitalidad, han ido dirigidas igualmente a afirmar una indeterminación que puede acabar en negación y destrucción de la categoría mujer. No es una indeterminación, sino una autodeterminación como parte del todo natural, lo que precisamos, y para eso hay que respetar unos límites naturales a la acción humana.

Desde la sexología, se pone en cuestión el binomio conceptual sexo/género surgido del feminismo norteamericano de la segunda ola. Es fácil que sea así, puesto que el género no entra en su ámbito de estudio, como en cambio sí lo hace en ciencias sociales. Pero lo que interesa es el concepto de sexo con el que trabajan los expertos en sexología. Tomando como referencia Sexo, identidad sexual y menores transexuales, de Joserra Landarroitajauregui, capítulo de Manual Integrador hacia la despatologización de las identidades trans, el sexo es una condición con la que se nace, puesto que somos seres sexuados. El concepto de sexo, por tanto, tiene que desgenitalizarse y desgenerizarse, es decir, no reducirlo a algo que se hace con los genitales ni a algo que se hace con el fin de reproducirse. Su función es relacional, por eso la diversidad sexual sirve al fin propio del sexo, que es reconocimiento, comunicación y cooperación íntimos entre personas. Ello implica la existencia de unas diferencias, que, al ser percibidas, puedan generar interacciones diferenciales en razón del sexo.

Según el texto tomado como guía, esas diferencias comienzan a producirse desde el momento mismo de la concepción, de manera que en la identidad sexual de la persona operan dos procesos básicos que son la sexuación (la que produce las diferencias sexuales), y la sexación (la que categoriza o clasifica):

“Por debajo de la condición -psíquica- que conocemos como identidad sexual, subyacen cuatro hechos sexuales: una diferenciación sexual neurológica prenatal (egosexuación), una categorización sexual del recién nacido según sus genitales externos (alosexación neonatal), una autocategorización sexual temprana en torno a la adquisición del lenguaje que llamamos “autosexación”, y una compleja dinámica de inducciones categorizantes “inducciones sexantes” que incluyen todo aquello que hacemos para que los otros nos categoricen, y todo aquello que los otros nos hacen para categorizarnos.”(p.5 op.cit)

La autosexación o identificación de uno mismo con un determinado sexo, vendría a ser deudora de una sexuación neurológica que tiene lugar en el segundo trimestre del embarazo, por eso el autor
defiende que el sexo es una “convicción” de pertenecer a una determinada categoría sexual, que ningún niño elige el sexo al cual siente que pertenece, y que esta identidad no cede a las presiones sociales. Y nos dice que “nos falta mucho por saber sobre la relación cerebro y mente, pero sí sabemos que todos los rasgos psíquicos tienen un soporte físico en estructuras neuronales sobre las cuales actúan las hormonas sexuales, dando lugar a patrones masculinos o femeninos claramente reconocibles en: juego infantil, gestuación, orientación del deseo, identidad sexual, agresividad, conducta maternal, empatía, expresión emocional, modelos cognitivos, temeridad, ubicación espacial, destreza lingüística, patrones orgásmicos, deseo erótico…” (p.11 op.cit).

Y asimismo indica que son conocidas algunas diferencias cerebrales, que están sexuados los diferentes hemisferios, lóbulos y regiones corticales, así como sus conexiones. La fibra neuronal blanca de debajo de la corteza, también. Y su mayor banda, el cuerpo calloso. Y que otras estructuras por debajo, más antiguas, como el hipotálamo y las amígdalas, también presentan diferencias según la acción de las hormonas sexuales masculinas o femeninas. Lo común no es una diferenciación sexual dimórfica, sino polimórfica. De entre todos los agentes sexuantes, serían las hormonas, las que actuando sobre el cerebro desde antes del nacimiento, hacen que seamos Cis o transexuales, homosexuales, bisexuales, o tal vez, que nos quedemos en medio del continuo y seamos intersexuales. Entonces, ¿es este el nivel esencial del sexo, el límite natural a nuestros deseos de indeterminación? Y, por otra parte, ¿podemos estar de acuerdo en que esos patrones sexuales relacionados con los estereotipos patriarcales, son algo puramente biológico e inamovible?

Varias investigaciones han confirmado las diferencias cerebrales según el sexo. Por citar algunas: en 2008, un experimento sueco constata que el hemisferio derecho es mayor en las mujeres Cis y en los gays, y en hombres hetero y mujeres lesbianas son más o menos del mismo tamaño. En la Universidad de Pensilvania, los científicos hallaron claves neurológicas para el diferente sentido de orientación: en los hombres hallaron más conexiones neuronales en el interior de cada hemisferio cerebral (conectividad entre percepción y acción coordinada), mientras que en las mujeres abundan más las conexiones entre hemisferio izquierdo y derecho (comunicación del procesamiento analítico y el intuitivo). En un estudio del University College de London, se halló que de entre cuatro millones de personas que jugaron al videojuego Sea Hero Quest, las mujeres mostraron peor sentido de la orientación y la navegación. No obstante, se comprobó también que en países donde la desigualdad de género es menor, las puntuaciones en las pruebas tendían a nivelarse. Esto indica que la cultura puede modificar la información biológica relacionada con las destrezas, e incluso que esas diferencias cerebrales pueden haber sido inducidas por la cultura.

Por su parte, la propia historia de la lucha feminista viene a relativizar esa influencia biológica. Tal y como han demostrado las mujeres que hicieron historia en las ciencias puras, en los deportes de riesgo, en la exploración…y no solamente ellas, sino las que han ido entrando en cada vez mayor número en las facultades de matemáticas, de ingeniería, de física, de química…especialidades que antes estaban totalmente masculinizadas, como lo estaba toda la educación superior, las destrezas diferenciales atribuidas al sexo, responden al entrenamiento. Eso quiere decir, que las estructuras neuronales con las que nacemos, no nos determinan en nuestras capacidades, como por extensión, tampoco van a determinar las otras variables antes citadas del texto de Landarroitajauregui, y relacionadas con los estereotipos patriarcales: juego infantil (téngase en cuenta, que para identificarse con determinado sexo, los menores tienden a adherirse a los estereotipos sobre el juego), agresividad, conducta maternal, empatía, expresión emocional, modelos cognitivos, temeridad, ubicación espacial, destreza lingüística, deseo erótico…

En cambio, las de la condición y orientación sexual no han resultado tan maleables, como ya demostró en su día el célebre caso de David Reimer, experimento que pretendía probar la teoría de
la tabula rasa y resultó en suicidio, como ha pasado con todas las terapias que ofrecen modificar la orientación sexual. Al mismo tiempo del experimento con Reimer, otros científicos descubrían el NSD (núcleo sexual dimórfico) un área del cerebro diferente en embriones macho o hembra, según actuase la testosterona, lo que hacía intuir que los niños como Reimer estaban sufriendo. Esas diferencias cerebrales, podrían explicar la disforia o disconformidad que sienten las personas transgénero con sus genitales u otras partes de su cuerpo.

Pero si bien ha quedado bastante comprobado que la autosexación y orientación sexual no cambian en el tiempo de una vida por el factor aprendizaje o por la presión social, no se puede descartar que puedan cambiar de otra manera. Por un lado, está el hecho de la coevolución genético-cultural, que da lugar a diferentes expresiones en los genes o incluso modificaciones en la secuencia de ADN, por ejemplo, para adaptarnos a determinada dieta o estilo de vida. Igual que algunas diferencias en las estructuras cerebrales y neuronales entre hombres y mujeres, parecen derivarse de patrones culturales milenarios, impuestos por la división sexual del trabajo, nuestra cultura quizá podría inducir cambios que afecten a la diversidad sexual. Y a esto se añade la posibilidad de modificar la biología por la técnica. El control de la reproducción humana, sin ir más lejos, es una modificación técnica de una condición biológica. Hoy la ingeniería genética hace posible elegir el sexo de los hijos antes de que nazcan, o incluso seguramente sea posible llegar a modificar la genética de una persona adulta para reconfigurar esas estructuras neuronales responsables del sexo.

Entonces, al estar coevolucionando lo biológico o primera naturaleza, con lo cultural, o segunda naturaleza, al estar tan unidos que no se pueden disociar, lo que nos va a decir lo que debemos o no debemos cambiar, es la ética. ¿Es adaptativo inculcarles a nuestros hijos una división funcional que atenta contra el desarrollo integral de sus capacidades? No, y la naturaleza ha demostrado ceder al entrenamiento. ¿Sería en cambio adaptativo ir contra la expresión sexual espontánea de los menores que se autosexan como no CIS, e intervenir mediante tecnologías en esa realidad diversa? No, porque esa diversidad es positiva, no se hacen daño ni ellos ni a nadie. Y al feminismo no le supone pérdida sino ganancia la solidaridad con el LGTBI, y especialmente la integración de la identidad de las mujeres trans, porque al fin y al cabo comparten luchas por su pertenencia al mismo sexo y género.

La ética es lo que nos ayuda a escoger de entre las diferentes posibilidades, aquella que sirva a la vida, esto es, a la supervivencia y a la superación. Y es la que nos va apartar de lo que, aunque temporalmente pueda ser posible desde la técnica, nos llevaría a la involución y a la extinción. Teorías como la ciborg, o la queer, o la radfem, que no desafían el orden social existente, siguen patrones antropocéntricos, egocéntricos y androcéntricos. Sus modelos son hombres poderosos, máquinas y dioses, ideales que no suponen adelanto. Más nos valdría centrarnos en ser mejores humanos, y si alguna vez llegamos a ser más que humanos, ya la vida lo dirá. Lo importante es que sí hay una esencia que respetar, unos ladrillos biológicos y culturales de la construcción humana que no podemos tocar sin destruir la evolución. Si lo que queremos es revolucionar, un salto hacia delante en la evolución, y no involucionar, no nos queda más remedio que seguir la guía de los valores vida y superación, que la propia naturaleza ha inscrito en nosotros. Y esto solamente una ética ecológica y libertaria, contra todas las jerarquías y en autodeterminación con la naturaleza, nos los puede aportar. Recordamos a nuestros lectores que el anarquismo sigue teniendo su propia filosofía.

Atropos

8 marzo

 

 

Queremos un 8 de marzo obrero y anarquista, un día para la huelga y la expresión de las reivindicaciones de la mujer de la clase trabajadora, sin mediación de partidos ni sindicatos vendidos. No somos políticas ni ejecutivas, seguimos siendo las asalariadas y no asalariadas, desposeídas de los medios de supervivencia por el patrón, el estado, y el patriarcado capitalista, imperialista y colonial, lanzadas al desempleo y la precariedad. Socialmente, somos en gran medida lo que hacemos, por eso lo que hacemos, hemos de exigir que sea conforme al derecho humano, que se pueda llamar trabajo, con una verdadera función social. Estamos hartas de ser el juguete sexual o reproductivo de los hombres, y de cómo se está instrumentalizando la lucha
social de las mujeres para legitimar los negocios propios de la violencia sexual, como son la pornografía y la prostitución.  La mujer ha de luchar por su derecho a un trabajo digno y en igualdad de condiciones con el hombre, por el derecho a la
formación y el trabajo vocacional, igual que por la supresión del salariado. Esa es la lucha de la obrera. No queremos un 8 de marzo institucionalizado y sujeto a la manipulación partidista o empresarial. Ha de ser un día vivo, no de actos ritualizados y controlados. Queremos que se recupere el carácter obrero de este día, con la huelga y la toma de los medios de producción en el centro de la lucha, pero que sepa ir más allá del centro de trabajo y solidarizar a todas las mujeres de la clase trabajadora, estén en donde estén. Preservando sobre todo nuestra identidad anarquista, saliendo de las marchas principales si es necesario, como está pasando con los 1 de mayo, pero sin separarnos del todo, teniendo por meta recuperar ese espacio masivo con su carácter original.

No nos repetimos más sobre las múltiples injusticias que seguimos sufriendo las mujeres, pues no queremos el discurso trillado y en cambio lo que venimos a decir es breve: esta lucha es de 365 días al año. Este día, en cuanto demostración de los frutos de esa lucha, adquiere su dimensión en función del trabajo previo. Por eso sabemos que nos queda mucho por hacer, lo principal, recuperar nuestra cultura anarcofeminista, nuestros grupos de afinidad y Mujeres Libres, en un movimiento libertario que sepa resistir y crecer sin renunciar a sus principios.

Por un 8 de marzo anarcofeminista

Grupo Moiras

 

 

 

La Teoría Queer y el Anarquismo

Una de las batallas culturales de nuestro tiempo gira en torno a la llamada Teoría Queer, un heterogéneo conjunto de creencias, actitudes e ideas, que, partiendo de la lucha de las llamadas ‘sexualidades disidentes’, ha ido impregnando leyes, programas políticos, marcos teóricos y visiones del mundo, y también ha colonizado con fuerza los ámbitos del movimiento libertario, de manera informal, es decir, sin debate y reflexión previos. Esta manera de llegar ya debería inducirnos a la reflexión cauta: es así casi siempre como el poder gana las batallas, dando por hecho que son resultado de la realidad misma, y que no requieren, por tanto, un análisis y un debate por parte de las individualidades y las organizaciones. Llega y se instala sin más en el sofá de nuestra casa, y pretende, nada menos, que definir quiénes somos y cuáles son las luchas que debemos librar.

La teoría Queer se presenta, ya desde su mismo nombre, de forma atractiva, sobre todo para personas que se sienten libertarias: es la revolución de los raros, de los marginales, de los que no encajan, de los que se niegan a dejarse encasillar. Nace reivindicando con orgullo un insulto, queer, rarito. Llega, sin embargo, impulsada con enorme fuerza por las universidades del centro mismo del mundo capitalista, las norteamericanas, desde donde ha colonizado los llamados ‘estudios de género’, abriendo una enorme brecha dentro del feminismo y cambiando de arriba a abajo su orden de prioridades. Para ejemplo, un botón: han sido décadas de lucha para conseguir que el lenguaje nombrara explícitamente a las mujeres, que siempre han tenido que intuir si estaban o no incluidas, ya que el masculino genérico no las nombra. Han bastado un par de años para que la ‘a’ haya quedado oxidada en favor de la ‘e’. Así que los hombres son nombrados explícitamente en la cultura mayoritaria, y las personas no binarias, en la minoritaria. El resultado puede llegar a ser una nueva, y doble, invisibilización de las mujeres, cis y trans. Lo que está ocurriendo con el lenguaje inclusivo nos sirve de ejemplo para atender cómo está operando este movimiento cultural: se presenta como marginal pero viene impulsado por las universidades norteamericanas; se declara feminista, pero no duda en dinamitar parte de la agenda del movimiento que supuestamente viene a enriquecer.

¿Y con el anarquismo? ¿Puede operar la teoría Queer del mismo modo con el movimiento libertario, cambiando desde dentro y sin debate previo su orden de prioridades y sus valores, o es compatible con las ideas libertarias, su genealogía teórica y su praxis de lucha?

Ambas teorías comparten su heterogeneidad, de forma que no es sencillo, ni en una ni en otra, definir escuetamente y con rigor sus principios. También comparten la dualidad teórica y práctica, ya que el Queer aspira a cambiar el mundo, como el anarquismo. Este último, sin embargo, nunca ha sido adoptado por las Universidades como marco teórico válido para analizar el mundo, y más bien ha sido recibido como una ingenua utopía. No cabe duda, sin embargo, en cuanto al anarquismo, que surge en el seno del movimiento obrero, en el marco de las ideas socialistas, y tiene como columna vertebral el antiautoritarismo. Se trata de una teoría de emancipación social, que busca una salida social a los problemas sociales, conjugando la defensa de la libertad individual con el bien común. Es una teoría de clase, aspira a dinamitar el orden burgués y estatal, y a construir espacios que permitan el desarrollo de todos los seres humanos en plenitud y en armonía con la naturaleza. Considera que es posible construir relaciones humanas sin jerarquías, sin ejercer el poder, a través del libre pacto y el apoyo mutuo.

La teoría Queer nace en un orden muy distinto. Su columna vertebral es la llamada ‘disidencia sexual’. Se enmarca en las corrientes nacidas en el seno del posmodernismo, con Michel Foucault como uno de sus antecedentes de referencia. Considera que lo ‘normal’, en el sentido estadístico, es decir, lo habitual, lo más numeroso, es ‘normativo’, y por tanto contrario a la libertad. La ‘transgresión’ es en sí misma liberadora. Con Foucault, aplica la teoría de los micropoderes, que se ejercen (según su lenguaje) sobre y a través de los cuerpos, en una compleja maraña de fuerzas y resistencias en la que cada persona puede ser a la vez amo y esclavo. El sadomasoquismo, por ejemplo, sería en este marco una práctica liberadora, ya que es antihegemónica (1). No tiene un marco ético de referencia, ya que no hay una existencia humana ajena a la cultura o que pueda ser medida de forma objetiva. Da respuestas individuales a problemas colectivos (2).

Con estas dos breves semblanzas ya se puede entrever la enorme distancia entre uno y otro movimiento, y el peligro de que el segundo, con toda la fuerza que está adquiriendo, eclipse o sustituya consensos antaño indiscutibles en el seno del anarquismo. La primera de las brechas es la de la respuesta individual a los problemas colectivos. Si somos lo que hacemos, si la identidad es ‘performativa’ y todo está mediado por el lenguaje, basta cambiar las prácticas individuales para ir creando otra realidad diferente. Sin negar la enjundia filosófica que puedan tener estas disquisiciones, los anarquistas somos conscientes de que hay una base material innegable en nuestra explotación; que no cabe revolución si no es colectiva, y que la salida individual a los problemas sociales es, una vez más, un canto de sirena para desactivar las luchas y su potencial de cambio. Uno de los peligros que afectan a la teoría Queer y otros movimientos identitarios es precisamente esta respuesta individual a los retos sociales, ya que “al estar centrado en el sujeto tiende a desarrollar prácticas individuales que pueden comprometer el potencial político de la acción colectiva” (3). Es en el marco de esta disyuntiva entre las acciones individuales y las luchas colectivas donde se inscribe, por ejemplo, la defensa del llamado “trabajo sexual”, que ignora la evidente explotación sexual de las mujeres de las clases populares por parte de los puteros y los proxenetas en el sistema prostitucional, institución indispensable del patriarcado. Y es que la mayoría de los teóricos Queer tienden a definir a los sujetos por sus prácticas sexuales, obviando “que estas prácticas no surgen de la nada, sino que son producto de procesos históricos y de contextos sociales determinados” (4). También juegan con la ambigüedad de presentar el hecho en sí de la prostitución como producto de una identidad (la de puta), que presentan como una orientación sexual cuando les conviene, o como una opción laboral y un trabajo, cuando les es más favorable este enfoque en sus debates. Ignoran así, pese a la sofisticación de sus teorizaciones, que las putas surgen en el patriarcado por oposición a las ‘decentes’, una división de la cultura patriarcal que se reparte a las mujeres para uso privado (con la función de madre-esposa) y para uso público (con la función de garantizar el acceso de cualquier varón al cuerpo femenino, en cualquier lugar del mundo, mediante precio). La identidad de puta es, como la de esposa, una identidad patriarcal, impuesta desde fuera y violenta, que persigue a todas las mujeres libres.

Otro ejemplo del efecto corrosivo que la teoría Queer tiene sobre las luchas colectivas se puede ver en su pretensión de disolver la categoría ‘mujer’, complejizándola y problematizando su definición, antaño diáfana. Las mujeres, trans y cis, no hemos conseguido ni mucho menos superar las opresiones y discriminaciones que sufrimos. Eliminar la categoría que nos une, como mujeres, dificulta la lucha y la conciencia social y feminista, del mismo modo que los efectos, exitosos, del neoliberalismo por disolver la clase obrera en una indefinida ‘clase media’ ha dado lugar al desolador panorama de falta de conciencia de clase que padecemos.

También discrepamos del objetivo de la lucha. El anarquismo busca la emancipación, y aunque ha dado siempre gran importancia a la sexualidad humana y al amor libre, en el sentido de liberarlo de la sotana y el Estado, no hace de ello el eje de su lucha, y se enfoca más a las condiciones materiales de la vida.

Otra brecha insalvable, a nuestro juicio, hace referencia al relativismo moral. Mientras para la teoría Queer la transgresión es liberadora en sí misma, para el anarquismo hay una moral irrenunciable, la de la justicia social. Para un anarquista, el Marqués de Sade, por ejemplo, por muy transgresor que fuera nunca podría ser un referente. El nuestro es el príncipe Kropotkin.

Hay, además, todo lo que el Queer no transgrede: el desarrollismo, el consumismo, la gran industria farmacéutica, la explotación sexual, la urbanización y turistificación del mundo, y la devastación completa de las comunidades humanas, todo lo que el capitalismo protege con leyes, armas y teorías de colores.

1- Fonseca Hernández, Carlos y Quintero Soto, María Luisa. La teoría Queer, la de- construcción de las sexualidades periféricas. Rev. Sociológica, abril 2009.

2- López Penedo, Susana. El Laberinto Queer. La identidad en tiempos de neoliberalismo. Barcelona : Egales, cop. 2008 3- López Penedo, S. Op. Cit pag.8

Laquesis

En la senda de Mujeres Libres

“Todos los feminismos adolecen del mismo defecto capital: la falta de humanismo” “¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre! Propagar un feminismo es fomentar un masculinismo, es crear una lucha inmoral y absurda entre los sexos…” “El reformismo, sea femenino o masculino, creer poder apuntalar a la sociedad actual con concesiones y palabras.” “El día en que la mujer legisle y administre, continuarán las injusticias, los privilegios, las desigualdades, las miserias y las luchas…”

Esto es lo que pensaba Federica Montseny sobre el feminismo en 1924 (“Feminismo y humanismo”, la Revista blanca, p.13).

Y esto es lo que declaraba en entrevista de 1979 (“Federica Montseny: cultura y anarquía”, por María Ruipérez, Tiempo de historia nº52, p.24): “Hagamos una pequeña aclaración. En la época de mi madre, la palabra feminismo estaba casi relegada al movimiento sufragista…” “Pero en el sentido de exaltar los derechos de la mujer[..]la labor realizada […]fue muy importante.” “Y este es el combate que llevan estas mujeres, obreras o intelectuales, que se daban cuenta de que la primera cosa a obtener para la mujer no era el voto, era el derecho de disponer de sí misma, a no depender económicamente del hombre. Esta es la primera y más importante obra feminista, pero sin decirlo, porque ellas no hablaban de feminismo, pero de hecho sentaron los verdaderos jalones de la libertad de la mujer”.

Se puede deducir de aquí que, aunque Mujeres Libres no utilizara el término feminismo, por un prejuicio común a todas las anarquistas de la época, de hecho, es lo que hacían.

Las que aquí escribimos asumimos el término anarcofeminismo. Las definiciones son importantes. El término feminismo, nos permite, por una parte, no diluir la opresión específica de la mujer en un antipatriarcado general (donde entra también la opresión de género que el propio hombre sufre, y sufren todos los géneros). Y nos posibilita identificar al feminismo como movimiento por la justicia entre mujer y hombre, no por la supremacía de la mujer o necesariamente, por la competencia con el hombre dentro del sistema social vigente, y situarnos dentro. Lo mismo que el anarquismo es una rama del socialismo, que no se confunde ni actúa con las formas autoritarias del mismo, el anarcofeminismo lo es del movimiento feminista, y tampoco hace frente con las mujeres autoritarias.

En cambio, no es una división dentro del anarquismo, sino una dimensión de él, porque es una de las luchas que implica. El anarquismo no es una lucha de frente único, sea lucha de clases o lucha contra el estado, sino que es lucha contra todas las jerarquías. Aquí quienes rechazan el uso de la palabra entienden que cuando se llaman anarquistas, esto ya lo incluye todo. Volvemos a repetir: lo que no se nombra, se silencia. Si nosotros no nos reconocemos como anarquistas, jamás llevaremos a cabo lucha anarquista, y porque somos parte de la naturaleza en evolución, sabemos que la lucha anarquista jamás tendrá fin. De la misma manera, si no nos referimos a la dimensión feminista de la lucha anarquista, si no nos definimos como feministas, jamás llevaremos a la práctica el ideal de justicia entre sexos. Hay que ser conscientes de esa lucha, llamándola por su nombre, y si es necesario creando colectivos u organizaciones específicas.

Dos motivos son los que llevan a ello. Primero, la necesidad de especializar, y segundo, la urgencia de una permanente labor de autocrítica. La especificidad de los problemas de la juventud, la necesidad de hacer un trabajo especial y en profundidad en la cultura y ocio de los jóvenes, llevó a la creación de los grupos de afinidad y luego la formación de la Federación de Juventudes libertarias. ¿Qué sentido hubiera tenido tener que pasar todas las decisiones por la aprobación de una asamblea formada por personas que, por edad, no tienen exactamente las mismas inquietudes? Espontáneamente los jóvenes se unían para socializar entre ellos y promover nuevos patrones de socialización en la juventud. Su doble militancia en Juventudes y en CNT impedía la disgregación. No dejaban de pertenecer al sindicato, el organismo que les vinculaba al movimiento obrero anarquista. Al tiempo que militantes del sindicato que no eran jóvenes estaban en estrecho contacto y colaboración con los grupos de Juventudes.

La necesidad de autocrítica permanente, llevó a la creación de la FAI, en la que los grupos de militantes de la CNT con mayor concienciación ideológica, se unieron para combatir las tentaciones reformistas dentro del anarcosindicalismo español. Por medio de la propia acción ideológica dentro del sindicato, no por ninguna dictadura interna como a menudo se criticó desde los sectores reformistas, que precisamente son los que nunca debieran estar ahí, dado el carácter revolucionario de la organización.

En el origen de Mujeres Libres como organización específica vuelven a darse estas motivaciones. En este caso, al separar se trataba de combatir el machismo interno, lo cual no se podía hacer dentro de organizaciones mixtas, por la persistencia de los prejuicios de los hombres. La diferencia específica hacía más operativo y ágil tener asambleas aparte, y una federación de grupos a nivel nacional como organización diferenciada. La militancia simultánea en CNT o FAI permitiría actuar sobre esos prejuicios manteniendo a la vez la independencia. Por supuesto, esos prejuicios también existen en algunas compañeras mujeres, pero son prejuicios formulados desde la óptica del hombre, que tiende a reaccionar de forma defensiva.

Valga como exponente el debate desarrollado en una serie de artículos en Solidaridad Obrera en 1935, entre Mariano R. Vázquez, “Marianet”, secretario de CNT entonces, y Lucía Sánchez Saornil, que todavía no había llegado a la fundación de Mujeres Libres, pero que precisamente aquí desarrolla lo que serán sus líneas de acción. Cuando Marianet defiende que la lucha no fuera separada porque el objetivo es primeramente económico y el mismo, Lucía le contesta que es patente la escasez de mujeres en el sindicato, y ello es por el poco interés de los militantes en cambiarlo. Le recuerda asimismo que en su mayoría son hombres, que por su posición de ventaja, tienden a asumir la subordinación moral asociada a la función económica destinada a la mujer. Frente a esto, la mujer tenía que ser persona ante todo, no reducirse a una función, tradicionalmente la de “madre-reproductora-ama de casa”. La división del trabajo en clases sociales no es lo mismo que la división sexual del trabajo. Las mujeres debían luchar contra ambas cosas expresándose en sus propios términos. No sin la colaboración de los hombres, advertía Lucía. Porque la respuesta de Marianet en sus últimos artículos de la serie fue que la mujer era igualmente culpable de la injusticia por no reclamar sus derechos y que se autoemancipara sola como el proletario del patrón. Y a esto tuvo ella que precisar que la analogía no es exacta, puesto que los intereses de la mujer no se contraponen a los del hombre, que solamente en cuanto a privilegios es el hombre el patrón de la mujer, y si bien es humano el querer conservarlos, no es desde luego, anarquista.

Es además muy significativo el hecho de que la primera vez que Mujeres Libres fue llamada a una reunión del Movimiento Libertario fuera el 24 de enero de 1939 cuando ya se estaba evacuando Barcelona (p.25 “Mujeres libres”, M. Ackelsberg, ed.Virus). En octubre del 38, la delegación de Mujeres que había partido de Alicante en barco y debido a los bombardeos fascistas había llegado dos días después del inicio del Pleno Nacional de regionales del ML, agotada y hambrienta, no fue reconocida (testimonio de Pura Pérez Arcos, p.25 op.cit). La propuesta de aceptación de Mujeres Libres como cuarta rama del movimiento, partió de las mujeres que actuaron desde las otras organizaciones. La situación bélica por lo visto impidió que llegara a votarse en las asambleas locales. Pero lo que sí sabemos, es que una tras otra, las delegaciones a pleno expresaron su negativa a ese reconocimiento esgrimiendo estas razones: que el anarquismo no admite diferencias de sexo; que ese trabajo debía ser llevado a cabo por los sindicatos, y que Mujeres libres debería funcionar como sección de sindicatos y ateneos. Es decir, que lo que no se había pedido a Juventudes y Fai, se le exigía a Mujeres Libres.

Una cosa la distinguía claramente de las otras dos organizaciones y es quizá por eso que costara más su reconocimiento: Mujeres Libres, como creación anarcofeminista, se sitúa en la intersección de dos movimientos. Pertenece al anarquismo, y a la vez pertenece a la lucha de todas las mujeres por emanciparse, e igualmente se integra en la historia del feminismo. Su naturaleza es similar a la del ecologismo y antifascismo anarquistas, que ya por ese matiz se distinguen de todos los demás, aun compartiendo objetivo específico de esos movimientos. Son luchas o movimientos dentro del movimiento, con objetivos integrados en uno común, eliminación de toda forma de explotación y dominio.

Se han resaltado hasta aquí prejuicios que son persistentes, carencias, y necesidad de la red de organizaciones del movimiento libertario, hoy en día muy maltrecha. Y se ha dicho que el anarquismo no es una lucha de frente único. Ahora bien, el anarcosindicalismo, como lucha obrera organizada contra el capitalismo, es el que históricamente ha vertebrado toda la lucha. Y así lo entendieron Mujeres Libres, que no eran “comunalistas frente a sindicalistas” como pueden pretender mistificaciones posteriores. No se daba esa contraposición porque la comuna es la célula político-económica en una sociedad libertaria, no el sindicato. Y por su parte el sindicato no se reducía al centro de trabajo, sino que admitía y admite formas de acción en los demás ámbitos de la vida social (acción social, cultural, autogesionaria, a nivel de barrio, taller, casa…), igual que supone la cooperación con las otras organizaciones del movimiento surgidas de la especificidad y la especialización.

Esto supone enfoque comunitario en todo el movimiento. Es más. El éxito del sindicato como herramienta revolucionaria depende de la capacidad de su militancia de conservar esa perspectiva integral, de ir más allá del centro de trabajo. Y de la misma manera, no debería atribuirse a Mujeres Libres un distanciamiento de la filosofía socialista matriz del anarquismo. Lo económico es fundamental en su esquema del cambio, pero no en un sentido vulgar, productivista, o reformista. El análisis de la opresión femenina que hicieron las anarquistas era muy fino. De hecho, se adelantó a la crítica de las instituciones patriarcales hecha por el feminismo de la segunda ola y posteriores, e incluso al análisis de la subordinación psicológica femenina que se está haciendo a fondo actualmente en el siglo XXI. Pero para ellas el fenómeno psicológico y el socioeconómico estaban interrelacionados. La mujer tenía que cultivar su autonomía personal, su crecimiento interno, a base de un activismo dirigido a subvertir el reparto de funciones tradicional. Como mujer y como persona de la clase trabajadora, tenía que asumir la destrucción de la base material que permite la reproducción de todas las jerarquías. Toda acción se dirigía al cambio interno, y se dirigía a esto. Lógicamente, esta visión integral del cambio, en sentido ecológico de la economía, incluyendo las relaciones con uno mismo y con el otro, chocaba con los intereses a corto plazo defendidos por el feminismo burgués o por las organizaciones obreras autoritarias. Para estas la emancipación estaba en la incorporación de la mujer a la fábrica, en el cobro de igual salario, en la participación de la mujer en el esfuerzo de guerra…su liberación multidimensional, como persona, no se abordaba.

Hoy está estallando la situación de pasividad creada a partir de la institucionalización del movimiento feminista. El avance del machismo neoliberal ha levantado una ola de violencia sobre la mujer frente a la que hay que defenderse con soluciones que el feminismo autoritario no nos va a aportar, estando involucrado como está, en las instituciones capitalistas. No podemos eludir la autodefinición anarquista, como se hizo antes de la guerra en la revista Mujeres Libres. Hay tal proliferación de feminismos (y de anarquismos, también), que se hace preciso, ahora más que nunca, diferenciar quién es quién para no caer en trampas reformistas. Hay que impulsar la formación tanto de los de dentro como de los de fuera del movimiento.

Contamos además con la inmensa suerte de vivir en un tiempo en que la lucha de las personas con orientación sexual o género diferente al tradicional, ha adquirido un fuerte desarrollo y también parte de ella se está integrando en el movimiento anarquista. El anarcofeminismo puede enriquecerse enormemente con la aportación desde esta lucha, que afecta a las nociones tradicionales de femenino y masculino. Quizá, sobre todo es la perspectiva de la mujer transexual la que nos puede servir más en la redefinición de la identidad mujer. En la búsqueda de conocimiento de la realidad mujer, necesitamos saber si hay una diferencia real, y en qué consiste. Esta es una ventaja con la que no contaban las antiguas militantes de Mujeres Libres, y que pensamos que no hay que desaprovechar.

En definitiva, abogamos por la recuperación de la federación de grupos de la organización Mujeres libres, sobre sus mismas bases, que son las que reflejamos en los principios que conforman nuestra línea editorial, pero con actualizaciones no desacordes con ellos. Moiras y Madeja quisieran ser contribución a esa recuperación.

¡Por la liberación de la mujer y por la Humanidad libre!
¡Salud y anarcofeminismo!
Grupo Moiras

Anarquismo y feminismo

“Cuidado con las mujeres, cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el mundo viejo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

Louise Michel

Y aquí nos encontramos, asqueadas de todo lo que nos rodea y dispuestas a apuntar a la raíz de los problemas de opresión, tanto de sexo como de clase, así como de cualquier otra índole, porque deseamos el porvenir y la liberación de nuestra especie, que hoy en día parece estar empeñada en cavar su propia tumba y en destruir el instinto de supervivencia que como seres vivos poseemos.

Actualmente podemos observar cómo florecen muchos colectivos y proyectos de mujeres (y con ello una nueva ola del feminismo), debido a que cada vez más mujeres son conscientes de las opresiones que viven por pertenecer a un determinado sexo, y sin duda, en gran parte gracias a mujeres que, reconociéndose o no como feministas, lucharon e hicieron divulgación por la liberación de la mujer.

Nosotras, como Louise Michel, afirmamos que el día que las mujeres se subleven contra toda opresión, ese día nuestra última Moira; Átropos cortará el hilo del viejo mundo, para dejar paso a una humanidad más libre.

Y pensamos que para que esto se lleve a término, necesitamos del feminismo y del anarquismo mutuamente, en plena simbiosis, y aunque este último sea la lucha contra todas las opresiones, por características propias del momento en que nació, (dentro del movimiento obrero y de la familia del socialismo) se ha centrado más en la lucha de clases y en ir contra el Estado.

Es cierto que el anarquismo en sí lucha contra toda opresión, sea de la raíz que sea, pero como hemos ya nombrado, por el entorno y características en las que se ha desarrollado, ha antepuesto la lucha de clases y antiestatista sobre toda otra. Esto no quiere decir que neguemos la importancia de la lucha de clases y antiestatal. Creemos que son imprescindibles para un nuevo mundo, y que la lucha anarcosindicalista es el motor para acabar con el capitalismo y las clases sociales, pero también pensamos que la lucha de la mujer no es menos importante. Nosotras, somos sujetos de una doble explotación por clase y por sexo, y no podemos olvidarnos de esta última por miedo de perder un horizonte. Horizonte miope si no es capaz de ver las demás opresiones, porque, aunque se disolviese el Estado y las clases sociales, si no tratamos todas las actitudes patriarcales y opresiones hacia la mujer, seguiría quedando sexismo y, por tanto, opresión.

Las mujeres trabajadoras, estamos y estaremos siempre en desventaja frente a los hombres de nuestra misma clase en el capitalismo, debido en parte a la biología reproductiva femenina; en concreto, a la capacidad de parir, que en un mundo competitivo involucra que a las mujeres se nos vea menos productivas para los beneficios del capital, al necesitar unos meses por el parto, la lactancia, etc. Y viéndonos perjudicadas por un sistema que atenta contra la libre elección de la maternidad, al tener que postergar la maternidad (si es que se desea) si quiere una formarse y hacerse un hueco en cualquier profesión. Esta discriminación de la mujer a partir del hecho biológico de la capacidad de gestar y concebir, implica una serie de convenciones culturales que nos van a afectar a todas las mujeres, seamos o no capaces de gestar. A todas se nos van a atribuir unos roles asociados tradicionalmente a la maternidad, es decir, se nos va a destinar a determinadas funciones culturalmente definidas como “femeninas”, y todas vamos a sufrir marginación y violencia en todos los planos: laboral, social, sexual, cultural, político, etc… A la vez que se establece la heteronormatividad, como derivación de la cosmovisión patriarcal, como otra forma de anulación de la diversidad sexual, una negación que a todas las mujeres nos viene a afectar en nuestra libertad y nos puede suponer una doble marginación.

Los trabajos más precarizados también son los más feminizados (como son los trabajos de cuidados), y la desigualdad en los salarios es aún existente. La mujer trabajadora suele estar más precarizada que el hombre trabajador, y es algo que no se puede olvidar y callar, el silencio invisibiliza que la mujer sufre una doble explotación. Y no podemos olvidar que es esta precarización la que la lleva a ser prostituida, siendo esto también un atentado contra el amor libre y contra la integridad física y mental de la mujer. Pero la mujer, no solo sufre una serie de desigualdades con el hombre de su misma clase respecto a la economía. Y aún disuelto el Capitalismo y el Estado, si hoy no se trabajan las actitudes y costumbres patriarcales, seguirá existiendo una opresión hacia una gran parte de la población del planeta.

El sexismo es muy antiguo, puede que incluso más que las clases sociales, como dice Deidre Hogan (amparándose en artículos de la antropóloga Rayna R.Reiter): “ El sexismo es posiblemente la forma de opresión más temprana que existió, no solo precede al capitalismo; sino que hay evidencia que el sexismo también precedió a formas más tempranas de la sociedad de clases.”

Esto es importante para entender que necesitamos también poner nuestro ojo sobre él, y recordar el principio libertario de que “los medios hacen el fin”, dejar de trabajar hoy aspectos tan arraigados a lo largo de la historia no pueden sino perjudicar a la labor del anarquismo.

Por todo lo expuesto, el anarquismo necesita al feminismo, ya que ha dejado en segundo plano la lucha contra la opresión de la mujer. Además, el anarquismo como casi todas las ideologías y disciplinas ha sido trabajado mayoritariamente desde un punto de vista masculino (androcentrismo). El feminismo por ello puede aportar mucho al anarquismo, aportando el trabajo y conocimiento de muchísimas mujeres que han luchado y luchan por la liberación de la mujer (y humana).

Sabemos que existe un cierto miedo a que mirar desde más frentes pueda llevar a una división de la lucha, pero las aquí presentes no lo entendemos así, es más, pensamos al contrario. Que existan como en su día organizaciones y colectivos que trabajen otros frentes es importante, y más que preocuparnos por una posible división de tendencias y una pérdida de un enfoque genérico (en verdad la pérdida de enfoque genérico es no tratar lo suficiente otros temas de opresión), deberíamos preocuparnos por propiciar los diferentes vértices del movimiento libertario como existía hace casi 100 años (ateneos, CNT, MMLL, FIJL…). Trabajar en que éstos no se dejen engañar por los nuevos ataques del Capital, del Estado y del Patriarcado y generar redes entre todos ellos.

Cabría además preguntarse si este miedo no tiene raíces patriarcales. ¿Por qué no se pone en duda las juventudes libertarias? ¿Por qué solo a la mujer se le pide que no se centre demasiado en sus opresiones, y se insiste en que todos sus problemas provienen de las clases? ¿Por qué siguen los hombres diciéndonos qué luchas son prioritarias?¿Son prioritarias solo las luchas que les afectan a ellos?

Los colectivos específicos como Mujeres Libres con un carácter profundamente anárquico, ayudan a que el anarquismo avance, a que lleguen a él muchas más mujeres, y a combatir contra más autoritarismos que se disfrazan y que debido a su naturalización es difícil identificarlos.

Es cierto que hay “feminismos”, que actualmente tienen tintes liberales y que algunos de ellos se disfrazan incluso de libertarios (como los que aceptan la prostitución como un empoderamiento de la mujer). Es cierto que hoy casi en todas las ideologías hay quienes dicen ser “feministas” (también decían los fascistas que eran socialistas, es algo normal cuando unas ideas calan en la sociedad y todas quieren sacar tajada) pero las anarquistas y los anarquistas deberíamos tener en cuenta que esto son ataques del patriarcado y que es importante que esas mujeres feministas que empiezan a moverse y escuchar sus cadenas, puedan ir más allá, no podemos darles la espalda.

Y aunque no nos vamos a centrar aquí en hablar de otros “feminismos” (ya tendremos tiempo) si es importante decir que nosotras como feministas anarquistas no pretendemos un empoderamiento, deseamos la liberación de la mujer y la humanidad.

Pero no solo el anarquismo necesita del feminismo, también a la inversa. El feminismo necesita partir del anarquismo, por coherencia con la libertad total y con la libertad de la mujer.

Sin él, estará sentenciado a la muerte, pasará de ser un movimiento social y de estar en las calles a la institucionalización con todo lo que conlleva la vieja política masculina, pasará de creer que las mujeres deben tomar las riendas de sus vidas a delegar y ser absorbido por partidos políticos de toda índole, que llevarán a una desmovilización y delegacionismo, y a perpetuar el Patriarcado, el Estado y el Capital.

Las mujeres no deben dejarse engañar por los partidos, el Estado nunca podrá dar lo que piden las feministas; la abolición del patriarcado y de la jerarquía del hombre sobre la mujer, primero porque el Estado ha ido ligado desde sus inicios al Patriarcado para instaurarse y mantenerse y por otra parte porque con él siempre existirán las clases sociales. Las pequeñas migajas que pueden permitirse no son suficientes para abolir la opresión y solo sirven para mantener las raíces de las opresiones.

El feminismo sin el anarquismo es contradictorio y puede llevar a caer en los “mismos errores” masculinos. Como bien decía Mujeres Libres: “La política pretende ser el arte de gobernar a los pueblos. Acaso sea esto en el terreno de las definiciones abstractas; pero en la realidad, en esa realidad que sufrimos en nuestra carne, la política es la podredumbre que corroe el mundo. Política es como decir poder, y donde hay poder hay esclavitud, que es relajamiento y miseria moral”.

Esto son los “errores” cometidos durante siglos por los hombres, si vamos hacia la libertad, no podemos caer en las mismas conductas autoritarias y emplear sus mismos entes.

Nuestros principios

El feminismo ha propiciado una de las revoluciones más profundas de las sociedades
humanas, desafiando la tradición, la ley y la cultura que someten un sexo al otro.
Aunque históricamente las anarquistas no se reconocieron a sí mismas como feministas, la esencia misma del movimiento de emancipación de las mujeres tiende, en su evolución, hacia posturas anarquistas, por su desafío radical a la dominación. La evolución del feminismo en sucesivas olas ha superado las iniciales peticiones de igualdad legal de aquellas sufragistas burguesas criticadas con lucidez por Emma Goldman. No queremos, dijeron las feministas de los 70, votar y ser como hombres, queremos la revolución de la vida cotidiana, porque lo personal es político. Pese a los esfuerzos estatales y mundiales por captar al movimiento de mujeres y quitarle el aguijón, el feminismo renace una y otra vez (lo mismo que el anarquismo) porque sus peticiones salen del corazón de las mujeres, generación tras generación, con el anhelo natural por la libertad. Lo mismo que el anarquismo, demonizado por la burguesía, el capital y el Estado, que intentan en vano borrar su historia y sus huellas, pero que es redescubierto una y otra vez por cada nueva generación.

El Colectivo Moiras está formado por anarquistas ibéricas, herederas de aquellas
Mujeres Libres, a las que reivindicamos como antecesoras, como nuestras ancestras.

Nuestros principios, que son los que definen la línea de nuestra publicación,
La Madeja, son claros y sencillos.

Somos anarquistas. Creemos, como Bakunin, que el ejercicio del poder corrompe y la
sumisión al poder degrada. Estamos en contra de las jerarquías, defendemos la libre
federación, el apoyo mutuo y los pactos entre iguales. Rechazamos la explotación de
cualquier ser humano, y nos oponemos al Estado, a las fronteras y a cualquier forma de gobierno que se imponga usando el monopolio de la violencia.

Somos feministas, porque entendemos que el dominio que, históricamente y desde
tiempos muy remotos, han ejercido los hombres sobre las mujeres, corrompe a toda la
sociedad. Como feministas, nos consideramos transinclusivas, porque comprendemos
la diversidad y complejidad de la sexuación humana. Abolicionistas, porque el sistema
prostitucional, apuntalado ahora hasta el extremo por el capitalismo, es la mayor
expresión de la dominación masculina, que convierte en sirvientes sexuales a todas las
personas prostituidas, en su gran mayoría mujeres y niñas.

Antipatriarcales, porque comprendemos que la mente patriarcal tiene por esencia la
búsqueda del dominio y el poder y la mentalidad explotadora no solo de la humanidad,
sino también de la naturaleza. Luchamos contra todas las jerarquías, las estructuras de
raíz material que posibilitan la reproducción de la mentalidad de dominio/explotación,
aun en aquellas sociedades sin estado. Asumimos como principio la lucha antipatriarcal
en su conjunto, no solo la de las mujeres o lucha feminista.

Defendemos la sexualidad plena y libre, que permita el desarrollo de las potencialidades con las que nace la persona como ser sexuado. Condenamos la mercantilización y la industrialización de la sexualidad humana. Creemos que las relaciones sexuales tienen que darse entre personas, de forma que nadie sea tratado como, o reducido a, objeto. Nos oponemos firmemente a las prácticas de explotación sexual, cosificación y mercantilización de los cuerpos, que tienen lugar en casi un cien por cien, sobre el cuerpo de la mujer, y en concreto, defendemos la abolición del sistema prostitucional en todas sus vertientes. Asimismo, condenamos toda forma de explotación reproductiva y la mercantilización de la descendencia biológica, como es el negocio del alquiler de vientres o venta de gametos. A este respecto, defendemos la paternidad responsable y el derecho del niño a ser querido y cuidado por sus padres biológicos. Defendemos, pues,la libre elección de la maternidad, el respeto a los procesos naturales de embarazo y parto, de tiempo y apoyo social para maternar.

Y el amor libre, como unión libre entre iguales. El amor siempre es libre. Sin embargo,
colocar estas dos palabras juntas significa mucho. Implica que no hay forma de forzarlo, y que por lo tanto, para que no haya engaños, manipulaciones, desilusiones…hay que construirlo desde el respeto y la sinceridad, sabiendo que ha de mediar siempre el consentimiento consciente y responsable de las partes. Consciente y responsable, porque para ser libre ha de excluir la violencia, sobre uno y sobre los demás. A partir de esta condición, el amor no ha de ser legitimado por nadie, ni requiere el permiso de terceras personas o instituciones sociales (familia, iglesia, estado…). Tampoco puede implicar dependencia, siendo el ideal de amor libre lo contrario a la idea de amor como anulación de la individualidad.

Bajo estos principios se crea este grupo de afinidad, que toma sus decisiones por
consenso, con el objetivo de difundir los principios del anarcofeminismo en un
momento en que el ataque del patriarcado y el capitalismo a la vida, y en especial a las
mujeres, ha conseguido corroer principios antaño claros, incluso dentro del propio
movimiento libertario.

Como órgano de expresión nace La Madeja, una nueva publicación que profundizará
en los análisis anarcofeministas que ayuden a entender y cambiar el mundo.